sábado, 19 de septiembre de 2009

Por que nos resulta dificil poner fin a una relacion que nos produce dolor?



Por que nos resulta dificil poner fin a una relacion que nos produce dolor?

Una vez iniciadas, ¿por qué resulta tan difícil poner fin a estas relaciones, dejar a esa persona que nos está arrastrando por todos los pasos dolorosos de esa danza destructiva?

Hay una regla empírica que dice así: cuanto más difícil es poner fin a una relación que es mala para nosotros, más elementos de nuestra lucha infantil contiene.

Cuando amamos demasiado es porque tratamos de vencer los viejos miedos, enojos, frustraciones y dolores de la niñez, y darse por vencido es renunciar a una valiosísima oportunidad; de encontrar alivio y de rectificar lo que hemos hecho mal.

Si bien estos son los fundamentos psicológicos inconscientes que explican nuestro impulso de estar con él a pesar del dolor, hacen poca justicia a la intensidad de nuestra experiencia consciente.

Sería difícil exagerar la pura carga emocional que este tipo de relación, una vez iniciada, acarrea para la mujer involucrada.
Cuando ella intenta separarse de la relación con el hombre a quien ama demasiado, siente como si miles de voltios de energía dolorosa fluyeran a toda velocidad y salieran por los extremos cercenados de los mismos. La antigua sensación de vacío renace y se arremolina a su alrededor, arrastrándola hacia el lugar donde aún pervive su terror infantil a estar sola, y ella está segura de que se ahogará en el dolor.


Esta clase de carga-las chispas, la atracción, el impulso de estar con esa otra persona y de hacer que la relación funcione- no está presente en la misma medida en las relaciones más saludables y satisfactorias, porque no representan todas las posibilidades de saldar viejas cuentas y de prevalecer sobre lo que alguna vez fue abrumador.

Esta emocionante posibilidad de rectificar viejos errores, de recuperar el amor perdido y de ganar una aprobación reprimida es lo que, para las mujeres que aman demasiado, constituye la atracción inconsciente que subyace al hecho de enamorarse.
Es también por eso que, cuando entran en nuestra vida hombres que se interesan por nuestro bienestar, nuestra felicidad y nuestra realización personal y que presentan la verdadera posibilidad de una relación sana, por lo general no nos interesan.

Y no nos equivoquemos; esa clase de hombres sí entran en nuestra vida.
Cada una de mis pacientes que ha amado demasiado ha podido recordar por lo menos a uno, y a menudo a varios hombres que describieron como “ realmente agradables…tan amables…de verdad se preocupaban por mí..”

Entonces, por lo general, viene la sonrisa irónica y la pregunta:

”¿Porqué no me quedé con él?”.

A menudo ella es capaz de responder a su propia pregunta enseguida:

“Por alguna razón nunca me entusiasmó tanto. Supongo que es demasiado agradable,¿no?”

Una respuesta mejor sería que las acciones de él y nuestras reacciones, sus movimientos y aquellos con que nosotros los correspondimos, no conformaban un dúo perfecto.

Si bien estar en compañía de él puede resultarnos agradable, sedante e interesante, nos cuesta considerar esa relación como algo importante y digno de desarrollarse en un nivel más serio.

A los hombres así los dejamos de inmediato o los ignoramos, o , en el mejor de los casos, los relegamos a la categoría de “sólo amigos”, porque no despertaron en nosotras los latidos intensos del corazón ni el nudo en el estómago que hemos llegado a llamar amor.

A veces estos hombres permanecen en la categoría de “amigos” durante muchos años; se reúnen con nosotras de vez en cuando para beber algo y secar nuestras lágrimas mientras les relatamos la última traición, ruptura o humillación de nuestra relación actual.

Esa clase de hombres compasivos y comprensivos no nos pueden ofrecer el drama, el dolor o la tensión que nos parecen tan estimulantes y correctos.

Eso se debe a que , para nosotras, lo que debiera hacernos sentir mal ha llegado a hacernos sentir bien y lo que debiera parecernos bueno ha llegado a parecernos extraño, sospechoso e incómodo.

Hemos aprendido, a través de una prolongada y estrecha asociación, a preferir el dolor.

Un hombre más sano y cariñoso no puede tener un papel importante en nuestra vida hasta que aprendamos a liberarnos de la necesidad de revivir una y otra vez la vieja lucha.

Texto estraido del libro: Mujeres que aman demasiado

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