Codependencia
"Mujeres que, supuestamente, tienen todo lo necesario en la vida (un marido, una casa, un trabajo y expectativas cercanas de tener hijos) comienzan a sentirse vac铆as. y no encuentran sentido a esa vida"
Adicci贸n" es una palabra que asusta.
Evoca im谩genes de consumidores de hero铆na que se clavan agujas en los brazos y llevan una vida obviamente autodestructiva. No nos agrada la palabra y no deseamos aplicar el concepto a nuestra forma de relacionarnos con los hombres. Estamos llenas de miedo: miedo a estar solas, miedo a no ser dignas o a no inspirar cari帽o, miedo a ser ignoradas, abandonadas o destruidas.
Damos nuestro amor con la desesperada ilusi贸n de que el hombre por quien estamos obsesionadas se ocupe de nuestros miedos. Y por medio de esa atracci贸n nos da帽amos m谩s, porque gran parte de aquello hacia lo cual nos vemos atra铆das es una r茅plica de lo que vivimos mientras crec铆amos.
En presencia de un hombre amable, considerado y realmente interesado ; al igual que todas las mujeres , nuestra habilidad para relacionarse esta preparada para los desaf铆os, no para disfrutar simplemente la compa帽铆a de un hombre. Si no tenemos que maniobrar y manipular a fin de mantener una relaci贸n, nos resulta dif铆cil relacionarnos con un hombre, sentirnos c贸moda con 茅l.
Una mujer est谩 acostumbrada a los rasgos y conductas negativos, y se siente m谩s c贸moda con ellos que con sus opuestos . El acto sexual, cuando es muy gratificante en el aspecto f铆sico, tiene el poder de crear lazos profundamente sentidos entre dos personas. En especial para las mujeres , la intensidad de nuestra lucha con un hombre puede contribuir a la intensidad de nuestra experiencia sexual con 茅l y, por consiguiente, al v铆nculo que nos une a 茅l. Y la inversa tambi茅n es verdad.
Cuando nos relacionamos con un hombre que no es un desaf铆o tan grande, es posible que a la dimensi贸n sexual le falte fuego y pasi贸n. Debido a que no estamos en un estado casi constante de excitaci贸n por 茅l, y a que el sexo no se usa para demostrar nada, es probable que una relaci贸n m谩s f谩cil y tranquila nos resulte algo insulsa.
Debido al desaf铆o de intentar cambiar a alguien a fin de ganar afecto o aprobaci贸n reprimidos, tal vez simplemente nos sintamos aburridas con la gente m谩s sana. De esta manera, un hombre cruel, indiferente, deshonesto o dif铆cil en otros aspectos se convierte, para las mujeres, en el equivalente de una droga, y crea as铆 un medio de evitar sus propios sentimientos, en la misma forma que el alcohol y otras sustancias que alteran el estado de 谩nimo crean en los drogadictos una v铆a de escape temporaria, de la que no se atreven a separarse.
¿C贸mo hacen las mujeres para encontrar a los hombres con quienes pueden continuar los patrones perjudiciales de relaci贸n que desarrollan en la ni帽ez?
No es tan cierto que la pareja que elegimos sea igual a mam谩 o a pap谩, sino que con esa pareja podemos sentir lo mismo y enfrentar los mismos desaf铆os que encontramos al crecer: podemos repetir la atm贸sfera de ni帽ez que ya conocemos tan bien, y utilizar las mismas maniobras en las que ya tenemos tanta pr谩ctica. Nos sentimos en casa, c贸modas, exquisitamente "bien" con la persona con quien podemos hacer todos nuestros movimientos conocidos y experimentar todos nuestros sentimientos conocidos.
Aun cuando los movimientos nunca hayan dado resultado y los sentimientos resulten inc贸modos, son lo que conocemos mejor.De hecho, cuanto m谩s dolorosa haya sido la ni帽ez, m谩s poderoso ser谩 el impulso de recrear y dominar ese dolor en la adultez.
Si una criatura ha experimentado cierto tipo de trauma, 茅ste volver谩 a aparecer una y otra vez como tema de sus juegos hasta que haya cierta sensaci贸n de haber llegado a dominar la experiencia.
Una criatura que debe someterse a una operaci贸n quir煤rgica, por ejemplo, puede recrear el viaje al hospital usando sus mu帽ecas u otros juguetes; puede convertirse en el m茅dico en un juego y en el paciente en otro, hasta que el miedo ligado al acontecimiento disminuye lo suficiente. Como mujeres , nosotras hacemos algo muy parecido: recreamos y volvemos a experimentar relaciones infelices en un intento de hacerlas manejables, de dominarlas. De aqu铆 se deduce que en realidad no hay casualidades en las relaciones.
Cuando una mujer cree que inexplicablemente "tuvo que casarse" con cierto hombre, alguien a quien jam谩s habr铆a elegido deliberadamente como esposo, resulta imperativo que ella examine por qu茅 eligi贸 una relaci贸n 铆ntima con ese hombre en particular, por qu茅 corri贸 el riesgo de quedar embarazada de 茅l.En realidad ella s铆 eligi贸, aunque en forma inconsciente, y a menudo con gran conocimiento sobre su futura pareja aun desde el principio.
Negar esto es negar responsabilidad por nuestras decisiones y nuestra vida.
Pero ¿c贸mo lo hacemos? ¿Cu谩l es exactamente el misterioso proceso, la fascinaci贸n indefinible que enciende la chispa entre una mujer y el hombre que la atrae?
Si replanteamos la pregunta en otra forma -¿Qu茅 se帽ales se encienden entre una mujer que necesita ser necesitada ?¿O entre una mujer que se define como v铆ctima ?
¿O una mujer que necesita controlar ?, entonces el proceso comienza a perder parte de su misterio.Porque hay se帽ales definidas, indicios que son enviados y registrados por cada uno de los participantes del "baile".
Cabe recordar que en cada mujer hay dos factores en juego:
1) el hecho de que sus patrones conocidos concuerden con los de 茅l como una llave en una cerradura; y
2) el impulso de recrear y vencer los patrones dolorosos del pasado.
Cuando estamos atra铆das, es porque tratamos de vencer los viejos miedos, enojos, frustraciones y dolores de la ni帽ez.
Esta emocionante posibilidad de rectificar viejos errores, de recuperar el amor perdido y de ganar una aprobaci贸n reprimida es lo que, para las mujeres, constituye la atracci贸n inconsciente que subyace al hecho de enamorarse.
Es tambi茅n por eso que, cuando entran en nuestra vida hombres que se interesan por nuestro bienestar, nuestra felicidad y nuestra realizaci贸n personal, y que presentan la verdadera posibilidad de una relaci贸n sana, por lo general no nos interesan.
Y no nos equivoquemos; esa clase de hombres s铆 entran en nuestra vida. … hombres a quienes describimos como "realmente agradables... tan amables... de verdad se preocupaban por m铆..." Entonces, por lo general, viene la sonrisa ir贸nica y la pregunta: "¿Por qu茅 no me qued茅 con 茅l?"A menudo somos capaz de responder esa pregunta enseguida: "Por alguna raz贸n nunca me entusiasm贸 tanto. Supongo que era demasiado agradable, ¿no?".
A los hombres as铆 los dejamos de inmediato o los ignoramos, o, en el mejor de los casos, los relegamos a la categor铆a de "s贸lo amigos". A veces estos hombres permanecen en la categor铆a de "amigos" durante muchos a帽os.
Eso se debe a que, para nosotras, lo que debiera hacemos sentir mal ha llegado a hacemos sentir bien y lo que debiera parecernos bueno ha llegado a parecemos extra帽o, sospechoso e inc贸modo.
Hemos aprendido, a trav茅s de una prolongada y estrecha asociaci贸n, a preferir el dolor.
Un hombre m谩s sano y cari帽oso no puede tener un rol importante en nuestra vida.
Las mujeres hacen esas elecciones impulsadas por una necesidad de controlar a quienes est谩n m谩s cerca de ellas.
En el peor de los casos, las mujeres somos adictas a las relaciones, "hombreadictas" intoxicadas de dolor, miedo y anhelo.
Cada vez m谩s solas y aisladas, es posible que nos desesperemos por el consuelo que parece prometer una relaci贸n con un hombre.
Como nos sentimos p茅simamente con nosotras mismas, queremos un hombre que nos haga sentir mejor.
Como no podemos queremos, necesitamos que 茅l nos convenza de que somos dignas de ser amadas.
Incluso nos decimos que con el hombre adecuado no necesitaremos tanta comida, tanto alcohol o tantas drogas.
Utilizamos las relaciones de la misma manera en que utilizamos nuestra sustancia adictiva: para alejar el dolor.
Cuando una relaci贸n nos falla, recurrimos con mayor frenes铆 a la sustancia de la que hemos abusado, nuevamente en busca de alivio.
Al mismo tiempo que ese hombre nos decepciona y nos falla, nos volvemos m谩s dependiente de 茅l en lo emocional.
Muy pronto ese hombre se convierte en la fuente de todas las cosas buenas en nuestra vida.
Robin Norwood (Escritora /Psic贸loga Norteamericana.)
Evoca im谩genes de consumidores de hero铆na que se clavan agujas en los brazos y llevan una vida obviamente autodestructiva. No nos agrada la palabra y no deseamos aplicar el concepto a nuestra forma de relacionarnos con los hombres. Estamos llenas de miedo: miedo a estar solas, miedo a no ser dignas o a no inspirar cari帽o, miedo a ser ignoradas, abandonadas o destruidas.
Damos nuestro amor con la desesperada ilusi贸n de que el hombre por quien estamos obsesionadas se ocupe de nuestros miedos. Y por medio de esa atracci贸n nos da帽amos m谩s, porque gran parte de aquello hacia lo cual nos vemos atra铆das es una r茅plica de lo que vivimos mientras crec铆amos.
En presencia de un hombre amable, considerado y realmente interesado ; al igual que todas las mujeres , nuestra habilidad para relacionarse esta preparada para los desaf铆os, no para disfrutar simplemente la compa帽铆a de un hombre. Si no tenemos que maniobrar y manipular a fin de mantener una relaci贸n, nos resulta dif铆cil relacionarnos con un hombre, sentirnos c贸moda con 茅l.
Una mujer est谩 acostumbrada a los rasgos y conductas negativos, y se siente m谩s c贸moda con ellos que con sus opuestos . El acto sexual, cuando es muy gratificante en el aspecto f铆sico, tiene el poder de crear lazos profundamente sentidos entre dos personas. En especial para las mujeres , la intensidad de nuestra lucha con un hombre puede contribuir a la intensidad de nuestra experiencia sexual con 茅l y, por consiguiente, al v铆nculo que nos une a 茅l. Y la inversa tambi茅n es verdad.
Cuando nos relacionamos con un hombre que no es un desaf铆o tan grande, es posible que a la dimensi贸n sexual le falte fuego y pasi贸n. Debido a que no estamos en un estado casi constante de excitaci贸n por 茅l, y a que el sexo no se usa para demostrar nada, es probable que una relaci贸n m谩s f谩cil y tranquila nos resulte algo insulsa.
Debido al desaf铆o de intentar cambiar a alguien a fin de ganar afecto o aprobaci贸n reprimidos, tal vez simplemente nos sintamos aburridas con la gente m谩s sana. De esta manera, un hombre cruel, indiferente, deshonesto o dif铆cil en otros aspectos se convierte, para las mujeres, en el equivalente de una droga, y crea as铆 un medio de evitar sus propios sentimientos, en la misma forma que el alcohol y otras sustancias que alteran el estado de 谩nimo crean en los drogadictos una v铆a de escape temporaria, de la que no se atreven a separarse.
¿C贸mo hacen las mujeres para encontrar a los hombres con quienes pueden continuar los patrones perjudiciales de relaci贸n que desarrollan en la ni帽ez?
No es tan cierto que la pareja que elegimos sea igual a mam谩 o a pap谩, sino que con esa pareja podemos sentir lo mismo y enfrentar los mismos desaf铆os que encontramos al crecer: podemos repetir la atm贸sfera de ni帽ez que ya conocemos tan bien, y utilizar las mismas maniobras en las que ya tenemos tanta pr谩ctica. Nos sentimos en casa, c贸modas, exquisitamente "bien" con la persona con quien podemos hacer todos nuestros movimientos conocidos y experimentar todos nuestros sentimientos conocidos.
Aun cuando los movimientos nunca hayan dado resultado y los sentimientos resulten inc贸modos, son lo que conocemos mejor.De hecho, cuanto m谩s dolorosa haya sido la ni帽ez, m谩s poderoso ser谩 el impulso de recrear y dominar ese dolor en la adultez.
Si una criatura ha experimentado cierto tipo de trauma, 茅ste volver谩 a aparecer una y otra vez como tema de sus juegos hasta que haya cierta sensaci贸n de haber llegado a dominar la experiencia.
Una criatura que debe someterse a una operaci贸n quir煤rgica, por ejemplo, puede recrear el viaje al hospital usando sus mu帽ecas u otros juguetes; puede convertirse en el m茅dico en un juego y en el paciente en otro, hasta que el miedo ligado al acontecimiento disminuye lo suficiente. Como mujeres , nosotras hacemos algo muy parecido: recreamos y volvemos a experimentar relaciones infelices en un intento de hacerlas manejables, de dominarlas. De aqu铆 se deduce que en realidad no hay casualidades en las relaciones.
Cuando una mujer cree que inexplicablemente "tuvo que casarse" con cierto hombre, alguien a quien jam谩s habr铆a elegido deliberadamente como esposo, resulta imperativo que ella examine por qu茅 eligi贸 una relaci贸n 铆ntima con ese hombre en particular, por qu茅 corri贸 el riesgo de quedar embarazada de 茅l.En realidad ella s铆 eligi贸, aunque en forma inconsciente, y a menudo con gran conocimiento sobre su futura pareja aun desde el principio.
Negar esto es negar responsabilidad por nuestras decisiones y nuestra vida.
Pero ¿c贸mo lo hacemos? ¿Cu谩l es exactamente el misterioso proceso, la fascinaci贸n indefinible que enciende la chispa entre una mujer y el hombre que la atrae?
Si replanteamos la pregunta en otra forma -¿Qu茅 se帽ales se encienden entre una mujer que necesita ser necesitada ?¿O entre una mujer que se define como v铆ctima ?
¿O una mujer que necesita controlar ?, entonces el proceso comienza a perder parte de su misterio.Porque hay se帽ales definidas, indicios que son enviados y registrados por cada uno de los participantes del "baile".
Cabe recordar que en cada mujer hay dos factores en juego:
1) el hecho de que sus patrones conocidos concuerden con los de 茅l como una llave en una cerradura; y
2) el impulso de recrear y vencer los patrones dolorosos del pasado.
Cuando estamos atra铆das, es porque tratamos de vencer los viejos miedos, enojos, frustraciones y dolores de la ni帽ez.
Esta emocionante posibilidad de rectificar viejos errores, de recuperar el amor perdido y de ganar una aprobaci贸n reprimida es lo que, para las mujeres, constituye la atracci贸n inconsciente que subyace al hecho de enamorarse.
Es tambi茅n por eso que, cuando entran en nuestra vida hombres que se interesan por nuestro bienestar, nuestra felicidad y nuestra realizaci贸n personal, y que presentan la verdadera posibilidad de una relaci贸n sana, por lo general no nos interesan.
Y no nos equivoquemos; esa clase de hombres s铆 entran en nuestra vida. … hombres a quienes describimos como "realmente agradables... tan amables... de verdad se preocupaban por m铆..." Entonces, por lo general, viene la sonrisa ir贸nica y la pregunta: "¿Por qu茅 no me qued茅 con 茅l?"A menudo somos capaz de responder esa pregunta enseguida: "Por alguna raz贸n nunca me entusiasm贸 tanto. Supongo que era demasiado agradable, ¿no?".
A los hombres as铆 los dejamos de inmediato o los ignoramos, o, en el mejor de los casos, los relegamos a la categor铆a de "s贸lo amigos". A veces estos hombres permanecen en la categor铆a de "amigos" durante muchos a帽os.
Eso se debe a que, para nosotras, lo que debiera hacemos sentir mal ha llegado a hacemos sentir bien y lo que debiera parecernos bueno ha llegado a parecemos extra帽o, sospechoso e inc贸modo.
Hemos aprendido, a trav茅s de una prolongada y estrecha asociaci贸n, a preferir el dolor.
Un hombre m谩s sano y cari帽oso no puede tener un rol importante en nuestra vida.
Las mujeres hacen esas elecciones impulsadas por una necesidad de controlar a quienes est谩n m谩s cerca de ellas.
En el peor de los casos, las mujeres somos adictas a las relaciones, "hombreadictas" intoxicadas de dolor, miedo y anhelo.
Cada vez m谩s solas y aisladas, es posible que nos desesperemos por el consuelo que parece prometer una relaci贸n con un hombre.
Como nos sentimos p茅simamente con nosotras mismas, queremos un hombre que nos haga sentir mejor.
Como no podemos queremos, necesitamos que 茅l nos convenza de que somos dignas de ser amadas.
Incluso nos decimos que con el hombre adecuado no necesitaremos tanta comida, tanto alcohol o tantas drogas.
Utilizamos las relaciones de la misma manera en que utilizamos nuestra sustancia adictiva: para alejar el dolor.
Cuando una relaci贸n nos falla, recurrimos con mayor frenes铆 a la sustancia de la que hemos abusado, nuevamente en busca de alivio.
Al mismo tiempo que ese hombre nos decepciona y nos falla, nos volvemos m谩s dependiente de 茅l en lo emocional.
Muy pronto ese hombre se convierte en la fuente de todas las cosas buenas en nuestra vida.
Robin Norwood (Escritora /Psic贸loga Norteamericana.)
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